Título original: Triumph des Willens
País: Alemania
Año: 1935
Duración: 114′
Dirección: Leni Riefenstahl
Guión: Leni Riefenstahl y Walter Ruttman
Música: Herbert Windt
Fotografía: Sepp Allgeier, Karl Attenberger y Werner Bohne
Premios: Premio Nacional de Cine Alemán (1935), Medalla de Oro y León de Oro en el Festival de Venecia (1935), Gran Premio de las Artes y las Técnicas en la Exposición Universal de París (1937)
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Septiembre de 1934, el Partido Nacionalsocialista alemán celebra su, si no me falla la memoria, primer congreso después de alzarse con el poder en 1933. Adolf Hitler, obsesionado con el cine, y sabedor, como su ministro de propaganda, Joseph Goebbles, del poder mediático de este medio de comunicación de masas, encarga a la veinteañera Leni Riefenstahl la realización de un documental que expanda la palabra nazi a todos aquellos que aún no habían sido absorbidos por su imán doctrinal.

Y así nació el que para muchos es el mejor documental de propaganda política jamás filmado, algo que, dado que ejecuta una total exaltación del emergente y triunfante nazismo, posterior máquina de destrucción y muerte, no deja de provocar inquietudes morales por doquier. Pero al César lo que es del César, porque estamos ante una película que no tiene desperdicio en muchos sentidos.

En primer lugar es un documento único del programa, la retórica, el espíritu y la capacidad de movilización del NSDAP por aquella época. El filme muestra los discursos de Adolf Hitler y de otros dirigentes, así como los rituales y arengas de las Juventudes del partido y otros cuerpos asociados. La política por encima de la camaradería, la disciplina, el deporte y la vida proto-cuartelera de una generación convencida de ser parte del renacer de una nación a la que no se ponían límites.
Por otro lado es un ejercicio bestial de propaganda, es un esfuerzo crucial por propagar la “palabra” a dónde esta aún no hubiese llegado. A lo largo de su proyección todo parece calculado para estimular a quien mira y atraerlo como una presa fácil; los discursos, las formaciones, los encuadres, los apabullantes decorados de Albert Speer, el bullir de la ciudad de Nüremberg en torno al evento, las banderas, los uniformes, los desfiles de antorchas en la noche y, por supuesto, el magistral arranque de la película con tomas desde el aire, desde el avión en que viaja el propio Hitler, metaforizando a Nüremberg con la Alemania que ansía la llegada del mesías salvador que emerge de entre las nubes. Uno recuerda haber oído muchas veces a personas corrientes de aquella Alemania citar el poder embriagador de la parafernalia nazi y su irresistible atracción. Viendo este documental se puede, quizá remotamente, experimentar una sensación parecida, porque en un determinado momento quien mira siente correr por la sangre esa extraña atracción, lo cual incita en primer lugar a buscar el número del psicólogo, pero que en realidad confirma que el objetivo de la Riefenstahl y del propio Hitler con este rodaje se cumplió con creces. La película se convirtió en la Alemania de 1935 en un fenónemo de masas.

Y por último supone, artísticamente, un hito en este tipo de cine. Todo lo anteriormente descrito está, en opinión de los expertos, rozando la perfección en todas sus tomas, siendo además punto de partida de nuevos recursos técnicos fílmicos. Los premios que recibió fuera de Alemania en su día lo atestiguan. Si el nazismo pudo parir algún tipo de obra de arte, esta es sin duda su máxima expresión, por mucho que repugne lo que muestra, a quienes muestra y lo que aconteció después.

Leni Riefenstahl marcó otro hito un año después con Olympia, el documento sobre las Olimpiadas de Berlín’36, con el mismo tono de exaltación, en este caso de lo ario, pero cayó en desgracia por motivos obvios tras 1945. Viajó por Africa rodando tribus autóctonas y murió no hace demasiados años. Hoy día, pese a que la exhibición pública de El Triunfo de la Voluntad permanece prohibida en Alemania (o al menos lo estaba hasta hace poco), la maestría cinematográfica de esta mujer es indiscutible, y si pensamos en nombres ilustres asociados al nazismo que el paso del tiempo no haya condenado al vilipendio y la denostación total, el de Leni Riefenstahl aparece junto al de Erwin Rommel, por motivos obviamente diferentes, como figuras merecedoras de un cierto respeto. Sólo falta que se le sume Wilhem Canaris y los grupos de conspiradores que buscaron acabar con Hitler…aunque de eso parece que ha empezado a encargarse Tom Cruise…habrá que ver Walkiria.

  
 

Arranque del documental, toda una lección de propagandismo sobre la llegada del nuevo mesías

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