Título original: Salt of the Earth

Dirección: Herbert J. Biberman

Año:  1954

Duración: 95′

Guión: Michael Wilson

Música: Sol Kaplan

Producción: Paul Jarrico

Intérpretes: Juan Chacón, Will Geer, Rosaura Revueltas, Mervin Williams, Frank Talavera, Clinton Jenks, Virginia Jenks, David Sarvis, David Wolfe.

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En los tiempos que corren quizá sea oportuno traer a colación esta película. Son muchos los expertos que ponen a La sal de la tierra como el paradigma del cine social, y probablemente tengan razón. Pero no solamente lo que trata hace especial a este film, hay más cosas detrás.

La película trata de recrear una huelga acaecida a comienzos de los años 50 en Nuevo México, donde un grupo de mineros del zinc, de origen o ascendente mexicano, se enfrentaron a la compañía minera para conseguir mejoras laborales y la eliminación de las diferencias raciales frente a los llamados mineros anglos. La gran idea de los creadores de la película, estuvo en recoger el testigo de aquel postulado del neorrealismo italiano, el cual optaba por utilizar actores no profesionales e incluso protagonistas reales de los acontecimientos a tratar, en especial cuando la temática tenía un cariz tan marcadamente social –La tierra tiembla de Visconti es probablemente el ejemplo más claro-. En efecto, la película está así rodada, con la ayuda de unos cuantos actores profesionales, pero con un gran número de neófitos, mineros auténticos, vecinos del pueblo cercano y protagonistas de la huelga auténtica, como Juan Chacón, el primer espada del film y destacado sindicalista del hecho real. Todo ello le da a la película una clara intención documental.

Con esto ya anticipamos que el film es una muestra ejemplarizante -porque la historia en que se basa fue exitosa para los huelguistas-, de un ejercicio de huelga y la importancia del sindicato, y por tanto en torno a ella se articula como una lección de las armas que poseen los trabajadores para llegar a conseguir sus objetivos en pos de limitar las desigualdades y obtener mejoras. Sin el respaldo de la reconstrucción del hecho real quizá podríamos acusar a la película de contar una historia maniquea e idealista, pero no es el caso.  Sin duda en aquellos tiempos, para muchos fue un cuento y un precedente ilusionante, porque por mucho que estemos en una etapa ya avanzada del siglo XX, en lugares como Estados Unidos, seguían existiendo condiciones de trabajo diferentes según el origen y la clase del obrero -algunos dirán que esto sigue vigente-, con la consecuente repercusión en la vida de las familias.

Pero además La sal de la tierra tiene otro aspecto muy novedoso e importante, su alegato feminista. Estamos en el sur de Estados Unidos, en un ambiente obrero, de baja extracción social y cultural, y latino. En este sentido poco tienen que ver las ideologías o el ser “rojo” (así se menciona abiertamente en la película). Los elementos contextuales que hemos mostrado son suficientes para reconocer que, mucho más allá de los valores y principios políticos e ideológicos, el hecho social de la actitud machista está enraizado en otras claves culturales. En efecto, cuando debido a determinadas artimañas legales los hombres se encuentran imposibilitados para acudir a su cita diaria con el piquete huelguista, son las mujeres las que toman el testigo, provocando una pequeña hecatombe en el mundo de roles definidos del minero en huelga.

Es suficiente con estos datos para darnos cuenta de la importancia histórica de esta película, especialmente por ser tan atípica en la producción estadounidense. No es necesario hablar más sobre el contenido, pero si sobre los hechos circundantes.

El rodaje de la película pasó inadvertido en un principio, hasta que un periódico de Los Angeles cayó en la cuenta de que un grupo de “rojos” rodaba algo subversivo en Nuevo México. La reacción no se hizo esperar y la CIA, el FBI, autoridades locales, incluso el propio mundo del cine y, por supuesto, la maquinaria mediática, se pusieron tras la pista. Hay que recordar que estamos en pleno Mcarthysmo, y no vamos a redundar en lo que sucedía en EEUU por aquel entonces con cualquier cosa que oliese remotamente a comunismo (Biberman, el director, fue uno de los famosos 10 de Hollywood y ya había pasado un año en la cárcel por “actividades antinorteamericanas” y el guionista y otros elementos destacados de la producción, también habían sufrido la caza de brujas). Las zancadillas fueron múltiples, y se trató de impedir la finalización del rodaje a toda costa. La propia actriz protagonista fue detenida días antes de la conclusión del rodaje y huyó a México para evitar ser enviada a Washington -cosa que por cierto nunca sabrá si fue lo mejor, ya que en su propio país estuvo vetada durante veinte años-.  Finalmente, y gracias al empuje de un par de sindicatos, la película logró ser estrenada, aunque solamente en alrededor de 13 salas en todo el país. De nada sirvió que el influyente New York Times intentase tratase de arreglar el desaguisado diciendo que tenía más de humanismo que de revolucionaria. Incluso en el propio México se logró que no se pudiera ver más que en un cine del D.F. durante un pequeño tiempo.

De modo que creo que hay bastantes motivos para recuperar esta joyita, y mejor si puede ser en V.O., para que no se nos escapen los diálogos y expresiones en español que aparecen en el original, ejemplo cuidado para ilustrar como las raíces lingüísticas del origen de los mineros persisten, o se van yendo (según se mire), en las gentes ya asimiladas a un país, pero aún discriminadas en razón de sus ancestros.

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