Título original: L’Aveu

Dirección: Konstantin Costa-Gavras

Año: 1970

País: Francia

Duración: 135′

Guión: Jorge Semprún (según novela autobiográfica de Artur London)

Música: Giovanni Fusco

Fotografía: Raoul Coutard

Intérpretes: Yves Montand, Simone Signoret, Gabriele Ferzetti, Michel Vitold, Jean Blouise, Laszlo Szabo, Monique Chaumette.

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 De nuevo topamos con una película con mucha historia en lo que narra y tras de sí. Costa Gavras, después de darse a conocer mundialmente con la influyente Z, que a la vez le valió el repudio del anti-comunismo, se embarcó en este nuevo proyecto para llevarse los palos desde la barricada contraria. Después demostraría, con el resto de su obra, que lo que realmente le interesaba era retratar episodios de diferentes dictaduras en diversos puntos del mundo. El caso es que con La confesión la ortodoxia intelectual prosoviética viró sus alabanzas anteriores. ¿Por qué?. Esta película no es ni más ni menos que la adaptación de la novela de Artur London en que narra su caida en desgracia en la Checoslovaquia de principios de los años 50.

Situemos la historia y la película. Estamos en la post-guerra de la segunda conflagración mundial, en los primeros pasos de la Guerra Fría y con el estalinismo vigente, pese a que su demiurgo daba ya sus últimos coletazos. Un momento en que de forma oficial únicamente había oposición a la ortodoxia soviética desde la Yugoslavia de Tito, y una etapa en que un nuevo juego de espionajes, sospechas y traiciones crecía día tras día, en el exterior, y en el interior de las naciones. Las famosas purgas de Stalin no se limitaron a los años previos a la II G.M., continuaron, extendidas si cabe, por los países satélite del Pacto de Varsovia, en especial después del marco geopolítico nacido tras 1945. Si pensamos en que la paranoia conspirativa que aquejaba al georgiano aumentó con los años, es fácil entender que ni tan siquiera una vez muerto las purgas cesasen de inmediato. El virus del propio dictador estaba inoculado por todos los poros del Estado, y ya no sólo en la URSS. Tampoco era la primera vez que se internacionalizaban las purgas, y si no recordemos como agentes soviéticos se esforzaron más en suelo español por purgar al POUM que en combatir a los sublevados contra la República. La historia nos ha dejado el rastro de elementos como Orlov el sanguinario en la contienda española.

De entre los demonios más grandes de la mente de Stalin, Trotski se llevaba la palma, él y sus seguidores eran el icono de la pesadilla del enemigo interior surgido entre las propias filas. Stalin no descansó hasta ver muerto a Trotski, incluso en su exilio a miles de kilómetros. Por el camino, antes y después, miles de afines al trostkismo también mordieron el polvo. La historia de La Confesión es la de Artur London, uno de esos comunistas de fe que creyeron en la solidaridad mundial y traspasaron fronteras para combatir el fascismo allá donde este golpease. Esa mentalidad le llevó a pertenecer a las Brigadas Internacionales en España, a la Resistencia en Francia y a ser confinado en Mauthausen. Finalmente, tras la guerra, se afincó en Checoslovaquia llegando a ser Ministro de Exteriores. Junto a él, otro nutrido grupo de ex-brigadistas y ex-combatientes, todos con altos cargos en el Estado comunista, fueron detenidos entre una amalgama de acusaciones de trostkismo y espionaje para EEUU y Gran Bretaña, y por extensión, de conspiración contra el Estado. Esto es lo que cuenta la historia; la detención, el internamiento, la tortura, los interrogatorios, las confesiones forzadas, el proceso final y las condenas. Todo retratado con muy buen hilo y dejando unos diálogos llenos de referencias históricas, ideológicas y políticas para abrir debate. Guión que, por cierto, está firmado por el español Jorge Semprún, otro ex-veterano de muchas peripecias similares, incluída su expulsión (mucho más civilizada para su suerte) del Partido Comunista.

La otra ubicación que hay que darle al film es la de la época de su producción. 1970, en plena resaca del 68, con la ola del nuevo izquierdismo europeo en boga, con el anti-imperialismo anti-americano fluyendo por las universidades. Los primeros años de la R.A.F. y las Brigadas Rojas, los años del nuevo auge de las aspiraciones socialistas en medio mundo, en especial en el más desfavorecido. La época en que Pravda era la única voz oficial para todo buen comunista allende los mares. La época del o EEUU, o la URSS. Es evidente que, para aquella izquierda comunista la denuncia de esta película resultaba muy incómoda. Las acusaciones son evidentes, puesto que para muchos estaba dando carnaza al anti-comunismo mundial y razones para abandonar la lucha. Las categorización de contrarrevolucionaria fue su premio.

Sin embargo me parece muy evidente que la película no guardaba ningún tipo de mensaje anti-comunista. Su metraje está jalonado de pequeños diálogos y frases en que lo que se respira es una ruptura de la inocencia y el idealismo en carne de unos personajes, ya maduros, que después de haber pegado tiros por media Europa en pos de un ideal veían como la maquinaria de un poder corrupto y paranoide se volvía contra ellos con cualquier tipo de excusa muy alejada del ideal originario y puro. Gente desencantada con que el sistema de la igualdad por el que lucharon se comportase como el régimen fascista que nunca quisieron. De todos modos el final de la película es lo más concluyente. Dando un salto de unos cuantos años en relación a la historia de London, Gavras nos regala al acabar una serie de imágenes de la Primavera de Praga de 1968, en la que los tanques del Pacto de Varsovia, por órdenes de Breznev, entraron en la capital checa, de forma cruenta, para poner fin al proceso aperturista iniciado por Dubcek, recogiendo el testigo de la fracasada primero, y ralentizada después, desestalinización de Novotny durante los 50. Lo último que veremos es una tapia en la que se puede leer algo así como “¡Despierta Lenin!, se han vuelto locos”. Creo que no hay epílogo mejor para resumir la auténtica intención de la película.

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