Título original: Nanking, Nanking!

Dirección: Lu Chuan

Año: 2009

País: China

Duración: 132′

Música: Liu Tong

Fotografía: Chao Yu y He Lei

Intérpretes: Liu Ye, Gao Yuanyuan, Hideo Nakaizumi, Fan Wei, Ryu Kohata, Qin Lan, Jiang Yiyan, Zhao Yisui, Yao Di, John Paisley, Yuko Miyamoto, Liu Bin, Beverly Peckous, Aisling Dunne, Sam Voutas, Zhao Yisui.

Premios: San Sebastián 2009, Mejor Película, Mejor Fotografía, Premio Signis.

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A veces da la sensación que la aparición del Japón en la II Guerra Mundial se limita al ataque de Pearl Harbor y el desencadenamiento de las hostilidades contra los Estados Unidos. Sin embargo, al igual que en Europa, en el Extremo Oriente hacía décadas que se venían gestando las tensiones y los conflictos, regando el paso de los años con diversos episodios bélicos hasta que todo confluyó bajo la misma contienda a nivel mundial. El Japón Imperial, una vez acontecida la Revolución Meiji, llevaba desde finales del s.XIX buscando su “espacio vital”, bastante antes que los nazis, haciendo que la expansión territorial y política sostuviese la económica e industrial, debidamente ideologizada, por supuesto, por la recurrente creencia de ser el pueblo superior de aquellos lares. De este modo, para 1937, Japón ya se las había visto (y ganado beneficio) con Rusia, sometido y anexionado a Corea, ocupado parte de la Mongolia interior y estaba en la labor de hacerse con la China noreste, zona que albergaba las importantes ciudades de Shanghai, Pekín y Nanking.  Después vendría la expansión por el Sudeste asiático continental y las islas del pacífico, mucho más icónicas de la II G.M. y del combate contra los EEUU.

Ciudad de Vida y Muerte narra los acontecimientos de la caída de la ciudad de Nanking, a finales de 1937, y los posteriores meses, en los que el ejército japonés desplegó su conocida brutalidad para con los vencidos. La Historia cuenta que con la ciudad prácticamente rendida, los oficiales chinos huyeron dejando a la soldada y a los civiles a merced del invasor. Un buen número de supervivientes se refugiaron en la zona internacional, supuestamente segura, incluídos soldados desperdigados que se despojaron de sus uniformes. En principio, estos soldados fueron el objetivo de la persecución japonesa, pero pronto lo serían las mujeres, necesarias para aliviar la “soledad” del soldado japonés. De este modo Nanking se convirtió en un infierno de persecuciones, ejecuciones sumarias, violaciones, asesinatos arbitrarios, abusos y brutalidad contra hombre, mujer o niño.

 Desde que Spielberg nos mostrase, en buena parte gracias a la tecnología, una nueva forma de filmar la guerra, han ido llegando a nosotros una serie de títulos con escenas memorables, impactantes y espeluznantes. Ciudad de Vida y Muerte recoge ese testigo y lo pasa por el tamiz del modo oriental de contar historias en el cine, con ese papel tan importante de la fotografía y la imagen, buscando la metáfora sin recurrir a la palabra. No es que la película responda plenamente al arquetipo, ya que se aproxima más al “modo occidental” que otros ejemplos del, sobre todo, cine chino, pero en esa mezcla es capaz de llevarnos a un infierno de dolor del que, sin saber muy bien como, nos saca al final con uno de esos momentos llenos de esperanza, ternura y belleza que a veces solo los chinos saben dar. Y un redoble de tambor: en blanco y negro. No desvelemos el final.

Pero volvamos al comienzo, al dolor. Básicamente es la única palabra que se me ocurre para sintetizar al máximo lo que es esta película: dolor. No esperen momentos de tregua con oficiales estudiando mapas, decisiones políticas o soldados filosofando en la trinchera. Lo que la película nos ofrece es un crisol de personajes que encarnan el dolor y el horror de la guerra; el del soldado que pelea hasta el final sabiéndose derrotado y sin esperanza de piedad, el de las mujeres que se entregan creyendo que salvarán a muchas otras, el del diplomático aterrado ante los actos de sus aliados, el del colaboracionista cuyo único objetivo es mantener viva a su familia, el del soldado invasor que toma conciencia, el del soldado invasor que no lo hace, el del oficial invasor que solo tiene su orgullo de sentirse un semidios con decisión sobre la vida y la muerte, el del niño muerto, el de la mujer violada por decenas, el del hombre ante el pelotón de ejecución. En definitiva, una carrera desesperada por la supervivencia en medio del caos y la impunidad, tanto para civiles, como para soldados.

¿Qué nos aporta una película así? Creo que esto es algo que cada cual deberá responder por sí mismo, pero desde luego creo que responde básicamente a una cuestión tan simple como es el recuerdo, la memoria y la restauración de la denuncia. No para mantenerla viva, no para hostigar o agitar venganzas. Hay algo terrible en la historia de la humanidad cada vez que algún hecho bárbaro cae en el olvido y vuelve a repetirse una y otra vez. Hay algo intrínsecamente diabólico en el daño que el ser humano es capaz de provocarse a sí mismo, pero más aún cuando se quiere enterrar. Una cosa es pasar página, otra muy distinta, borrar de la mente y de la historia. Eso si, si a la barbarie se le une la impunidad y la injusticia, creo que no hay motivos para censurar que desde cualquier aspecto de la sociedad se colabore en la denuncia, incluyendo al cine.

De este tipo de polémica no se libró el film. Las siempre tensas relaciones chino-japonesas no se ven muy beneficiadas con una producción de este tipo, especialmente cuando Nanking ha sido símbolo para el nacionalismo chino y bandera contra la agresión extranjera. Además, existe la repetición de la guerra de cifras, como tantas otras veces, que van desde las más de 300.000 víctimas que reclaman los unos, a las 250.000 que reconoció el Tribunal de Guerra de Tokio (el Nuremberg de aquel lado del mundo), y que se quedaron oficialmente en 100.000 en la sentencia de muerte al general Matsui, comandante del ejército japonés en Nanking. Parece mentira, como si 100.000 asesinatos no fuesen una cifra aterradora. Sea como fuere, lo que ha quedado en testimonios, tanto de los supervivientes chinos, como de los extranjeros occidentales que presenciaron y vivieron la ocupación, es que lo que lo que cuentan ocurrió, y leyendo algunos de ellos, con casos más aterradores que los que muestra la película, teniendo esta en sus tripas escenas terribles. Cuidado, que no haya equívocos, no asocien terrible a cine bélico y piensen en momentos gore. Ahí reside buena parte de la habilidad de la película, que aún siendo brutal pero carente de sangre a chorros, contiene momentos de una dureza emocional tremendos, y lo peor es que uno queda con la sensación de que ninguno ha sido gratuito.

Hay sin embargo, quien cree que este tipo de películas lo único que hacen es desenterrar muertos, que no es un noble arte y que reduce la película a la categoría de propaganda. En concreto menciono palabras de un crítico de El Mundo. Bien, en estos tiempos todos sabemos lo que se piensa en este periódico de esa cosa mal llamada, por cierto, memoria histórica, y las reacciones de ciertos columnistas cada vez que se menciona algo relacionado con fosas, ejecuciones, represión y muertos del pasado. Aquí lo sabemos muy bien. Y el cine español también, ya acostumbrado a que las fieras de la derecha post-moderna, que en realidad es tan rancia como siempre, suelte mil soflamas cada vez que se toca la Guerra Civil o la represión franquista. Es otro asunto, lo sé, pero el fondo al que voy es que el cine, en ese complejo flujo de retroalimentación que tiene con la sociedad, bebe de cosas que quedan en la psicología colectiva a la vez que las devuelve al público pasadas por el tamiz de un director y un guionista, cuyas propias vivencias o recuerdos, propios o ajenos, del hecho narrado, se añadirán para enriquecer o enturbiar el resultado. En cualquier caso siempre son un ejercicio sociológicamente interesante y digno de estudio, en especial cuando se revisa la historia, y sobre todo cuando se hace tras pasar por tiempo de censura y represión. Ha pasado ya mucho tiempo desde los sangrientos años 30/40, pero el cine continúa rebuscando reflexiones en la tragedia. Los ganadores tuvieron todo el tiempo del mundo para hacer propaganda de la victoria y, más tarde, autocrítica. Los vencidos, años después, reclaman el mismo derecho a contar su versión de los acontecimientos. Lo hicieron los españoles, lo han hecho los alemanes, los italianos, los argentinos, los chilenos, y más recientemente polacos y armenios entre otros. Y es que siempre queda un superviviente que cuente lo que vio, y siempre habrá quien quiera contarlo, haya pasado el tiempo que sea. El cine, en la sociedad de hoy, es una puerta abierta a esa memoria, a la vez que un buen semi-espejo en el que mirarnos. Hablan por si solos quienes no quieren rememorar el horror…¿quizá teman acabar como el coronel Kurtz?…”el horror, el horror” veáse Apocapyse Now.

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