Título original: Network

Dirección: Sidney Lumet

Año: 1976

Duración: 120′

País: Estados Unidos

Guión: Paddy Chayefsky

Música: Elliott Lawrence

Fotografía: Owen Roizman

Intérpretes: William Holden, Faye Dunaway, Peter Finch, Robert Duvall, Ned Beatty, Beatrice Straight, Wesley Addy, Marlene Warfield.

Premios: 5 Oscar (Mejor Actor -Holden-, Mejor Actriz -Dunaway-, Mejor Actriz de Reparto -Straight-, Fotografía y Montaje. 1 Globo de Oro (Mejor Película Dramática). 8 BAFTA (Película, Actor, Actriz, Actor de Reparto -Duvall-, Director, Montaje, Guión y Sonido)

******************************************************************************************************************************

La película de hoy viene que ni pintada por varias razones. La primera, obvia y evidente, es rendir un pequeño homenaje al recientemente fallecido Sidney Lumet, uno de los últimos grandes del cine. Las otras dos son por la extrema vigencia de su contenido. Una en sentido sectorial, el mundo de la televisión, y la otra en sentido global, su inserción sistémica en el orden capitalista. Hace más de treinta años de esta película, pero sorprende lo actual que resulta hoy su visionado. Quizá sea porque todo lo que acontecía en Estados Unidos en aquella época era incomparable con la retrasada España de entonces, y es ahora cuando nos hemos instalado en el mundo salvaje que describe.

El argumento es el siguiente: Howard Beale es un otrora famoso periodista, presentador del noticiario de la noche en una TV en apuros. Cuando sus índices de audiencia bajan y su estrella se apaga, además de una profunda crisis personal, Howard recibe el anuncio de que va a ser despedido. Inesperadamente abre su noticiario anunciando que el día de su despedida se pegará un tiro en directo. La reacción inicial de fulminarlo por parte de los directivos de la cadena cambia radicalmente cuando se comprueba que la expectación generada hace que las audiencias suban como la espuma. Howard mantiene el puesto mientras que, cada vez más próximo a la locura, en lugar de dar las noticias emite delirantes soflamas críticas que encandilan al público hasta elevarlo al nivel de un telepredicador.

Con este marco general el espléndido guión de Paddy Chayefsky, chispeante y ágil, más próximo al teatro que al cine, nos introduce en una historia de cambios de paradigma y arquetipos, la defenestración de aquellos primeros protagonistas de la televisión (recordar que estamos en los años setenta), que se nos presentan como profesionales de cierta integridad, frente al emerger de la nueva generación, crecida con la TV como un elemento más de su entorno, y cuyo concepto de la misma tiende cada vez más hacia el espectáculo y no el rigor de la noticia, hacia la venta del morbo y no la ética, todo ello en perfecta consonancia con las aspiraciones y objetivos de la gran corporación que dirige el medio en pos de una sola cosa: el beneficio económico. De este modo veremos como Howard es manipulado para lograr el éxito empresarial, cuando realmente es ya un enfermo que necesita ayuda. Pero no sólo él. La película se inserta en su tiempo estadounidense, se encuadra en esa época post-Kennedy, post-68, post-Vietnam, post-Watergate, en la que muchas cosas fueron puestas en duda y muchas ilusiones se desvanecieron haciendo correr un pesimismo que tan bien reflejó el cine de la época en diversas películas -algunas de las cuales ya hemos traido aquí-. Son los tiempos de la crisis del petróleo del 73 y el emerger de los petrodólares y el primer desembarco del dinero saudí en EEUU. Es la época de la tensión internacional en diversos frentes y del apogeo del terrorismo internacional junto al declive del de la nueva izquierda. Todo ello va  a ir apareciendo en la película durante el devenir de la cadena de televisión, y en el caso de los terroristas, reflejado en un grupo que parece un aborto de los Panteras Negras entremezclado con el Ejército Simbiótico de Liberación, aquel grupo marxista-leninista ortodoxo formado por un puñado de estudiantes que secuestró a Patty Hearst, nieta de Randolph Hearst y que acabó uniéndose a sus secuestradores.

La reminiscencia a este caso (de un par de años antes) es más que clara en la película, y sirve como excusa para exponer como la TV recurre a negociar con los terroristas a cambio de exclusivas y cómo estos pronto olvidan sus principios ante el olor del dinero. Moraleja: todo se compra y se vende, todo es mercantilizable, como le dice uno de los jefes de la cadena a otro: “no somos una cadena respetable, somos un prostíbulo” (¿catalogarían ustedes así a alguna cadena de nuestro panorama actual?), o como, en otro de los momentos gloriosos del filme, el gran jefe alecciona al ya desequilibrado Howard sobre lo que es el mundo, en síntesis: una ilusión disfrazada de democracia, países y naciones, nada de eso existe, lo único real y verdadero es el sistema global, una inmensa sociedad de complejo entretejido en lo que lo único que está en el cúlmen de todo, regio gobernante, es el dinero, lo único que importa. Nótese que aún no había Euro, ni economía global, ni globalización, ni internet, ni ninguna de las cosas que hoy nos interconectan y a la vez empujan al mundo hacia un capitalismo de ingeniería financiera cada vez más atroz.

Pero tampoco confundamos las cosas, el mundo así pintado no nació en 1976. Repito que para nosotros todo era bastante diferente en aquel entonces y hoy si que estamos más cerca de ese encuadre. Sin embargo en EEUU el ritmo del mercado llevaba imponiendo su doctrina desde tiempo atrás. Es interesante notar como el caso Hearst, que en la película se toca de refilón, pero que tiene su significado, traza un sutil puente con grandes películas de los años 40 como El Manantial (The Fountain Head) o Ciudadano Kane (Citizen Kane), ya que la figura del magnate de los medios, que controla, manipula y moldea a su antojo las actitudes de la gente y por tanto el comportamiento de muchos otros, aparece en ellas tiempo atrás, inspiradas -el caso de Kane es un secreto a voces- en el perfil de Hearst. Curioso que ahora, décadas después, la nieta del plutócrata manipulador es quien resulta manipulada por la bestia amamantada en la familia.

En definitiva estamos ante una de esas películas que por mucho que pase el tiempo mantiene una vigencia brutal gracias a su disección crítica del mundo. En España el tema de las televisiones y el rendimiento de los medios regidos cada vez más de forma exclusiva por criterios empresariales ha estado últimamente de actualidad, pero en definitiva hoy casi todo funciona de la misma forma. Es realidad un retrato del mundo que vende cosas y crea necesidades de comprar no siempre verdaderas. La escena final (a ver cómo lo digo sin destriparla) de la caída y destrucción del ídolo de masas por decisión de su propio “padre protector” es una perfecta metáfora de cuan rápido se elimina en esta sociedad lo que ya no interesa ni se vende.

Que quien aún no la haya visto corra a por ella. Es una auténtica joya.

Anuncios