Título original: The Chase

Dirección: Arthur Penn

Año: 1966

Duración: 135′

País: EEUU

Guión: Lillian Hellman (según novela de Horton Foote)

Fotografía: Robert Surtees

Música: John Barry

Intérpretes: Marlon Brando, Robert Redford, Jane Fonda, Angie Dickinson, E.G.Marshall, Miriam Hopkins, Robert Duvall, James Fox, Martha Hyer, Janice Rule, Richard Bradford, Jocelyn Brando.

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Bubber Reeves es el típico chaval díscolo que desde jovencito anduvo metiéndose en pequeños embrollos, hasta que uno de ellos le envía a la cárcel. De allí escapa en compañía de otro preso -mucho más peligroso que él-, en cuya huída asesina a un hombre. Una vez se separan, Reeves vagabundea por los campos hasta que finalmente emprende el retorno a su pueblo de origen con la ilusión de conseguir algo de ayuda para proseguir la huída. Pero al pueblo ya han llegado rumores sobre la posibilidad de la vuelta de Reeves, y todo el mundo aguarda con expectación que la rutina quede rota por este acontecimiento excepcional.

Con estas premisas nos sumergiremos en una comunidad sureña de Estados Unidos, texana a todas luces, en la que no hace mucho que se descubrió la panacea del petróleo, que ha encumbrado a un vecino como el gran rico, dueño y señor de las tierras, todopoderoso y benefactor, a cuyo servicio está, o cree tener, a todos los ciudadanos del pueblo, los cuales le rinden pleitesía y servidumbre, pero también odio y envidia. El acontecimiento que todos esperan -que Reeves llegue al pueblo y descubrirle-, se convierte en el motor de la vida colectiva y hace aflorar las miserias morales de unos y otros. Lo que se nos plantea tras la aparente estructura de thriller es una disección social, un análisis de psicología colectiva como pocas veces se ha visto en el cine. Pocos elementos quedan fuera del alcance del bisturí de director y guionista, los cuales son abordados desde una óptica tan amarga que bailan constantemente con la premisa hobbesiana del hombre como un lobo para con el hombre.

En efecto, Reeves -R.Redford-, aparece, y se desata la locura por localizarle y darle caza. Unicamente el sheriff (y único personaje con un mínimo de integridad moral) -M.Brado-, la esposa de Reeves -J.Fonda-, y su amante (además de hijo del potentado local) -J.Fox-, serán los únicos que intenten, cada uno a su modo, ayudarle frente a la masa sedienta que ya ha organizado el circo del acorralamiento y caza del fugado. Es aquí donde aparecen por doquier las miserias personales y colectivas de los miembros de la comunidad, sostenida frágilmente por la estructura económica que otorga la bonanza petrolera, pero que se desintegra y retorna a un estado semi-salvaje cuando la situación extraordinaria aflora y con ella la corrupción moral de cada uno, como individuo y como grupo.

En este sentido la película opera un retrato de la degeneración moral de la sociedad, pero además tiene la genial habilidad de ofrecernos pinceladas y detalles impagables que dibujan también lo que estaba pasando en el Estados Unidos de mediados de los sesenta. Tal es así que en la película hay retratos clasistas, testimonios del racismo imperante e irresuelto, reprimidos -o no tanto- deseos de liberación sexual, etc. Todo un conglomerado de cosas que marcaron los años siguientes y que están presentes como ejemplo del conflicto social de un tiempo, apareciendo de soslayo, en segundo plano, como telón de fondo a la historia principal, pero que como medio ambiente vital de los personajes juegan un papel crucial en la definición de los mismos.

 

La jauría humana es un clásico ineludible y con mayúsculas, un ejercicio deprimente y desesperado de sociología en la pantalla. Pesimista y en el fondo con su atisbo de luz, para ello queda Calder, el sheriff, un enorme Marlon Brando que abandona la mugre social que deja tras de sí derrotado, físicamente apaleado, asqueado, pero con la cabeza alta y rostro firme por haber cumplido hasta el final con sus principios, un epílogo que parece decirnos que siempre quedará alguien incorruptible, por muy mal que estén las cosas.

 

 

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