Título original: Spartacus

Año: 1960

Dirección: Stanley Kubrick

País: Estados Unidos

Duración: 196′

Guión: Dalton Trumbo (según novela de Howard Fast)

Música: Alex North

Fotografía: Russell Metty

Intérpretes: Kirk Douglas, Laurence Olivier, Peter Ustinov, Tony Curtis, Charles Laughton, Jean Simmons, John Gavin, Nina Foch, Herbert Lohm, John Ireland, John Dall, Charles McGraw.

Premios: 4 Oscar (actor secundario -Ustinov-, fotografía, dir.artística y fotografía). Globo de Oro a la mejor película (drama)

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Dudo mucho que a estas alturas quede alguien sin conocer esta película. ¿Una de romanos? Sí, de romanos, pero bastante alejada del tipo de péplum, tan frecuente en aquella época, al que acostumbraba Hollywood. Espartaco, alejándose de cualquier atisbo de cine bíblico o superproducción de pompa y boato con trasfondo histórico, nos cuenta la historia del rebelde gladiador que hacia el año 73 a.c. encabezó la llamada III Guerra Servil contra Roma, y que de hecho es considerada como uno, si es que no el que más, problemas internos graves que soportó Roma en suelo propio. Tamizada por la novela de Howard Fast y a su vez adaptada al cine por Dalton Trumbo, es de entrada una película con pretensión histórica, pero hay bastante más.

El primer placer que encontrará todo devorador de buen cine, es el de toparse con un guión extraordinario, que hace que cada diálogo sea una pequeña joya en sí mismo, en especial mirando el elenco de actores que ya asusta de entrada. Como es de esperar, el metraje en su totalidad puede ser considerado como un canto a la libertad y una andanada a la opresión y la esclavitud, porque la lucha de Espartaco y los suyos en su huida está argumentada por derechos humanos básicos, tan desconocidos en la época. Pero además tiene una altísima dosis de cine político al introducir el bisturí en las intrigas, cálculos y estrategias que caracterizaban la República romana antes de la llegada de Julio César -y aún después-. No es de extrañar, primero porque al frente de todo está el genio Kubrick dando sus primeros pasos en grandes producciones, y eso que esta fue de encargo y de rebote, ya que sustituyó al director originario, Anthony Mann, con la producción ya empezada. Pero además hay que mencionar que tanto Trumbo como Fast estaban en las infames listas negras del senador McArthy. No puede coger de sorpresa por tanto, que la política y las altas cargas de consideraciones éticas y morales se cuelen de esta forma en una “película de romanos”. Eso sí, sin perder un ápice de la espectacularidad y la acción típicas de estas producciones.

Hay, sin embargo, otro elemento más que añadir al interés por esta película, que no es otro que el azote sufrido a manos de la censura. No es únicamente la mutilación de la famosísima escena  de los “caracoles y las ostras” en la que el amo Olivier indaga sobre el apetito y gustos sexuales del esclavo Curtis mientras éste baña a aquel. Hoy día, gracias a las ediciones en dvd, cualquiera puede alternar entre la versión original y la doblada, para toparse una y otra vez con diferencias, a veces sutiles, a veces -las más- aberrantes en la traducción y sentido que se le da a cada diálogo. Es una labor pesada con tanto metraje, pero basten un par de ejemplos para picar la curiosidad, porque sabemos de sobra que la torpeza de los censores del franquismo era en ocasiones grotesca. El primer momento a mencionar es simplemente el inicio, en el que una voz en off (nótese por cierto, la contradicción en los términos que supone este término tan mal utilizado), nos coloca en situación con una breve síntesis del momento histórico general y particular. El texto en sí, de escasos dos minutos, no debería parecer capcioso hoy día a oídos de nadie, pero por desgracia, aparece la palabra dictadura y se hace mención al cristianismo como “nueva creencia”. Todo esto desaparece, y con ello cualquier cosa que pueda hacer pensar al espectador en palabras como opresión, esclavitud y autoritarismo. Más adelante, en otro registro diferente, pero igualmente amoral para la censura, el personaje de Olivier medita en voz alta frente a su torpe cuñado sobre sus planes dictatoriales y de golpe de estado encubierto. Si esto ya es de por sí grave, lo hace peor aún al incluir una metáfora demasiado amoral. La frase viene a decir algo así como “no violaré a Roma cuando la tome”. La versión española, obviamente, elimina cualquier referencia sexual y dulcifica como puede la toma ilegítima del poder.

En resumen, un clásico lleno de lecturas, con el que uno se puede tirar horas investigando y jugueteando con las dos versiones, y que además es una delicia de película.

 

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