Título original: L’armée du crime
Director: Robert Guédiguian
Duración: 139′
Año: 2009
País: Francia
Guión: Serge Le Péron y Guilles Taurand
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Pierre Millond
Intérpretes: Virginie Ledoyen, Simon Abkarian, Robinson Stévenin, Jean-Pierre Darroussin, Lola Naymark, Grégoire Leprince-Rinquet, Yann Trégouët, Ariane Ascaride
Premios: Seminci: premio especial del jurado y mejor guión.

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Sobre la Resistencia francesa durante la II Guerra Mundial se han escrito ríos de tinta y ha sido motivo de un gran puñado de películas, siempre desde un tono nostálgico, heroico, romántico y ensalzando el patriotismo galo. Sin embargo no en demasiadas ocasiones se ha hecho referencia a dos elementos importantes. De un lado la tibieza de los propios franceses entre el mirar para otro lado y el colaboracionismo abierto, y del otro la presencia importante de no franceses en el fenómeno resistente. La mítica Casablanca es una excepción en el perfil de los personajes que muestra. No es extraño. A la nueva Francia de De Gaulle nunca le interesó ahondar en la división interna que acentuó la guerra y tenía que dar a toda costa una imagen de unidad patriota. Que se lo cuenten a Clouzot y los problemas que tuvo con Le Corbeau. Sea como fuere, la Historia acaba más tarde o más temprano poniendo las cosas en su sitio, y el cine recoge episodios para ponerle imagen.

En el caso que nos ocupa tenemos la historia de L’armée du crime, título despectivo que los nazis y las autoridades galas otorgaron al FTP-MOI (Francs-tireus et partisans-Main d’oeuvre immigréé), grupo resistente parisino formado mayoritariamente por emigrantes judíos de todos los rincones de Europa, huidos de las persecuciones nazis y comunistas. Con una importante presencia de rumanos y húngaros también tenía en sus filas a italianos, republicanos españoles, polacos y armenios, como Missak Manouchian, responsable de un activo grupo en la segunda mitad de 1943 al cual cabe atribuir la ejecución de Julius Ritter, adjunto para la Francia ocupada de Fritz Sauckel, el Comisario General para la Mano de Obra del Reich, o lo que es lo mismo, uno de los grandes encargados de las deportaciones masivas en los territorios ocupados. En los meses de actividad, dicho grupo causó alrededor de 150 bajas en numerosos atentados en París. Merced al propio contraespionaje francés la red acabó cayendo, y 22 de los 68 detenidos fueron fusilados en Mont Valérien el 21 de febrero de 1944, además de Olga Bancic, decapitada en Stuttgart.

Affiche Rouge,el famoso cartel que los nazis colgaron por todo París

La película nos cuenta las desventuras de estos hombres y mujeres en un tono de thriller de acción, y sin ambages en la reconstrucción de los atentados, y digo bien, porque mirando las imágenes uno ve actos más parecidos al atentado terrorista que al acto de guerra en sí, surgiendo de este modo el gran dilema sobre la calificación del acto armado. ¿Es terrorismo o es guerra? ¿es resistencia o insurgencia? En los últimos tiempos los medios de comunicación y los discursos políticos han colaborado en extremo para crear la absoluta confusión que reina sobre estas acepciones, puesto que las ha cargado de significado moral. Craso error. Técnica y académicamente el terrorismo responde a unos elementos muy determinados:

1. Acción violenta. 2.Materializada por personas al servicio o respaldados por una organización. 3.Con intención de infundir miedo a un sector de la sociedad. 4.Lograr que ese miedo revierta en la consecución de un fin político.

Todos estos elementos estaban presentes. Hay violencia, hay una organización detrás. Es ingenuo creer que pensasen en ganar la guerra de este modo, por tanto el hostigamiento tenía por finalidad provocar el desgaste y el temor en los ocupantes y en los propios colaboracionistas, miembros por tanto, de la sociedad parisina del momento. La finalidad política es obvia. Que consideremos justo este comportamiento dependiendo de las circunstancias es otro asunto, pero cambiarle el nombre es sectarismo y dogmatismo partidario. Lo mismo sucede con el uso de la palabra resistencia para este caso dotándola de todo su significado heroico y prostituirla como insurgencia en otros. Es caer en la trampa del doble lenguaje del poder. De modo que tenían razón los nazis cuando les llamaban terroristas, pero creo que en este caso otro de los términos manidos y pervertidos, el de los luchadores por la libertad, también cobra sentido. A la hora de tomar partido y despojarnos de la asepsia del rigor terminológico, uno no puede más que concluir que ambos términos no son excluyentes y son perfectamente aplicables al caso. La pregunta es: ¿cuántos hubiésemos tomado este camino y cuántos hubiésemos agachado la cabeza ante el otro terror, el de los ocupantes nazis?.

Missak Manouchian

Fusilamiento en Mont Valérien

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