Título original: Minority Report

Dirección: Steven Spielberg

Año: 2002

Duración: 144′

País: Estados Unidos

Guión: Scott Frank y John Cohen según historia de Philip K. Dirk

Música: John Williams

Fotografía: Janusz Kaminsky

Intérpretes: Tom Cruise, Colin Farrell, Samantha Morton, Max Von Sydow, Tim Blake Nelson, Kathryn Morris, Peter Stormare, Steve Harris.

Premios: 1 nominación al Oscar, 1 nominación premios BAFTA, 1 nomación premios César.

********************************************************************************************************************************

En un futuro no muy lejano, una maravilla de la biología permite que tres individuos sean capaces de prever en su mente crímenes que se cometerán en un futuro cercano. Esto, como es obvio, supone una revolución sin precedentes para las fuerzas del orden, que podrán evitar los delitos y, como consecuencia lógica, conseguir que nadie premedite un crimen a sabiendas de que será detenido. El gran problema surgirá cuando en medio de una inspección del Departamento de Justicia, los pre-cog -que así apodan a los tres videntes-, informarán sobre un futuro crimen que habrá de cometer nada menos que el responsable operativo de todo el tinglado, a la sazón el héroe al que pone rostro el amigo Tom Cruise.

Sobre este esbozo basado en un relatito del genio de la ciencia-ficción Philip K. Dirk, Spielberg nos regala una de sus mejores películas de la década pasada, con sus altibajos y sus lagunas de razonamiento, pero genial en lo visual. Trepidante, emocionante, intensa, con algunas escenas impactantes y -de no ser así no estaríamos hablando de ella- con su mensaje de calado, o al menos así me lo parece.

Los grandes autores de la literatura de ciencia-ficción tendían a fabular sobre modelos futuros de sociedad cuyas líneas estructurales enraizaban claramente con el presente. Ellos exageraban las tendencias para imaginar el futuro y ejercer una crítica sobre el hombre y sus modelos societales. Lógicamente la era de los avances científicos, tanto en laboratorio como en la industria y la maquinaria suponían un leit motiv extraordinario, y lo demás quedaba en la mano del hombre, o mejor dicho, de las clases dominantes. Los elementos clásicos de esta literatura están presentes en Minority Report: vehículos imposibles, cirugías fantásticas, experimentos botánicos maravillosos, realidades virtuales hechas negocio y a la carta, y un sinfín de cachivaches informáticos aplicados tanto a la vida cotidiana del ciudadano como a las fuerzas de seguridad. Incluso la droga, pero la de nuestra modernidad, la de diseño, hace su aparición y proyecta las consecuencias de un modo más importante de lo que parece. No es casualidad que los pre-cog sean hijos de adictas a sustancias de altas consecuencias neuronales ni que el protagonista se sumerja en sus fantasmas privados cada noche gracias a chutes que le hacen viajar a un pasado que desapareció.

Pero el eje central de la película es el asunto de la precognoscencia, el hecho de criminalizar el pensamiento y sus lógicas consecuencias: imponer penas a individuos que no han llegado a cometer un crimen por mucho que lo meditasen. Aparentemente la fantasía nos hace trasegar con una supuesta infalibilidad de esas maravillas metafísico-biológicas que son los pre-cogs, los cuales no fallan, no visualizan nada que en verdad no vaya a suceder, pero el propio sistema esconde en lo más recóndito de su cúpula que sí hay un margen para el error, lo cual, de saberse, daría al traste con todo el tinglado. El sistema quiere obviar conscientemente que, pese a tener un método contrastado de una fiabilidad altísima, en última instancia son los hombres quienes, hasta el último segundo, son dueños de sus propios actos y son libres para decidir. Reconocerlo supondría una terrible sombra: la posibilidad de confinar a personas que quizá, en el último instante, no ejecutasen lo planeado.

Desde luego se pueden extraer diversas reflexiones en torno a todo esto, empezando por el sistema judicial y la eterna sombra, en especial en condenas de cadena perpetua o de muerte, sobre el tema capital de ausencia de toda duda y la mayor o menor flexibilidad de los mecanismos que habilitan las revisiones de casos. Seamos claros, la realidad está ahí y son muchos los ejemplos, sobre todo en EEUU, en los cuales se ha demostrado, décadas después del internamiento, que los reos eran inocentes, y no hablo de situaciones en que el paso del tiempo ha sido necesario para que con la aparición de nuevas tecnologías, en especial las pruebas de ADN, se revoquen condenas, otras muchas veces ha sido simplemente la dificultad del proceso de revisión lo que ha sido una barrera infranqueable y la poca disponibilidad de ciertos funcionarios.

Sin embargo creo que el verdadero trasunto de la reflexión que propone la película es el tema del prejuicio y su correspondiente acción preventiva. Como paradigma social no va mucho más allá. Es algo incluso cotidiano entre nosotros. Si entramos en un vagón de metro es más que probable que queramos sentarnos en un sitio vacío o compartir codo con alguien afín a nuestros clichés visuales que a un negro, un gitano o cualquiera que despierte nuestros prejuicios sociales de auto-defensa. Es decir, que de antemano estamos pensando que si en ese vagón me tienen que robar la cartera o el móvil, es más probable que lo haga el gitano a esa señora del moño que está en esa esquina. Y en consecuencia tomamos nuestra medida preventiva. Pero si pensamos en lo que pasaba en el mundo por el año 2002 la cosa cobra mucha más luz, ya que en esos momentos se estaba pergeñando la gran farsa mundial de la Administración Bush sobre las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein y sus supuestas intenciones de usarlas, proponiendo a su vez al mundo la medida preventiva correspondiente. Fue entonces cuando la palabra mágica guerra-preventiva estuvo en boca de todos. Como después el mundo pudo comprobar, las indudables fuentes de información tan perfectas e irrefutables que nos presentaron, tenían sus fallos, y los informes en minoría fueron vilipendiados, silenciados o desacreditados para llevar a cabo el plan. A diferencia de la película, el gran fiasco no tuvo las consecuencias que merecía. Esta es la que creo que es la gran metáfora de Minority Report, llevada a cabo de un modo que probablemente le hubiese gustado a aquellos que gustaban de hurgar en el subconsciente expresado en el cine buscando cosas no muy aparentes que reflejaban miedos y preocupaciones de una sociedad. Minority Report no tiene aparentemente nada que ver con todo el asunto de Irak, ni en tiempo, ni en trama, ni en personajes, pero esconde una andanada que no está en primer plano y emerge en cuanto se le da un par de vueltas.

Curiosidad: grandísimo homenaje que rinde Spielberg a tres grandes clásicos de la novela negra. Los pre-cogs se llaman Agatha, Arthur y Dashiell. Añádanle los apellidos Christie, Conan-Doyle y Hammett y la cosa queda clara.

Anuncios