Título original: Fifty dead men walking

Dirección: Kari Skogland

Año: 2008

País: Reino Unido

Duración: 117′

Guión: Kari Skogland (según libros de Nicholas Davies y Martin McGartland)

Música: Ben Mink

Fotografía: Jonathan Freeman

Intérpretes: Ben Kingsley, Jim Sturgess, Kevin Zegers, Natalie Press, Rose McGowan, Tom Collins, William Houston, Michael McElhatton, Laura Hughes.

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Si de lo que aquí se tratara fuera hacer crítica cinematográfica habría que recabar la mala acogida que recibió esta película. Probablemente si eliminásemos buena parte de la historia del thriller el resultado fuese mejor, pero no es así, y es cierto que, pese a que da el pego como cine de acción para pasar un buen rato sin muchas pretensiones, no descubre nada nuevo y cae en esquemas repetidos una y cien veces.

Como testimonio histórico o documento con pretensiones de análisis político, tampoco resulta gran cosa, y eso que tras de sí lleva una historia real de bemoles, la de Martin McGartland, joven norirlandés que a finales de los años 80 fue captado para infiltrarse en el I.R.A., siendo por una temporada un quebradero de cabeza para la banda por la gran cantidad de atentados que se lograron desarticular, con la consecuente salvaguarda de víctimas potenciales. Las vivencias de McGartland (condena a muerte, intentos de ejecución, exilio y cambio de identidad incluidos), están recogidos en un par de libros -uno de ellos homónimo al film-, cuya lectura debe ser, sin duda, muchísimo más apasionante que la película (no he tenido oportunidad de leerlos, obviamente).

Sin embargo, repito una vez más, la mayor o menor calidad de las películas no es un obstáculo para que las recojamos aquí. Siempre, en todo film, hay al menos alguna cuestión destacable por estrujar y sacarle el jugo, y 50 hombres muertos no es menos. Como película de acción se deja ver y por tanto no voy a desaconsejar su visionado. Entre las muchas cosas que aparecen de las que se pueden extraer debates sobre el conflicto irlandés -reflejadas con mayor o menor acierto o de un modo más o menos maniqueo-, hay una, casi inicial en la vida de McGartland, que es la que creo supone la mejor conclusión o tema central sobre el que hablar a raiz de la película. Se trata de la capacidad de elección.

 En el libro Matar por Irlanda (2003), el profesor Rogelio Alonso recoge una extensa cantidad de entrevistas a miembros y ex-miembros del I.R.A. dando su opinión sobre diversos puntos del conflicto, uno de los capítulos está dedicado a los factores motivacionales, y en él se refleja como muchos de quienes entraron a formar parte de la banda en edad muy temprana recurren al manido argumento del “no había otra salida”. Frase mágica que ha sido utilizada en numerosas ocasiones para ilustrar años de desempleo, ausencia de futuro, calles radicalizadas, agravios comunales y humillaciones policiales y militares como caldo de cultivo para caer en los brazos del I.R.A. No es falso que el contexto fuera este, ni lo es que resulte un importante entorno para la radicalización de la gente, como tampoco lo es la pobreza o la opresión cuando se utiliza como argumento justificativo de conflictos violentos o generación de grupos terroristas. Sin embargo el error está en creer que son razones suficientes, porque la historia demuestra que no es así, y porque si lo fuera, todo joven de aquel momento y bajo aquellas circunstancias hubiese optado por la misma vía. De modo que siempre hay “otra salida” y a la postre, la decisión de integrarse en banda armada acaba siendo una decisión exclusivamente personal y consciente. Los primeros pasos de la película dan pinceladas sobre estos puntos, ya que se puede apreciar ese contexto en las familias con jóvenes ociosos, madres jóvenes, pequeños delincuentes o camellos de barrio. Frente a ellos, el I.R.A. como grupo aglutinador, que eleva el status, que da prestigio, que defiende la causa de comunidad, siendo ejemplo de implicación por los demás con alto riesgo personal, pero también como elemento que enturbia todo y que llega a actuar entre los suyos como una especie de policía política y moral. La historia de McGartland empieza en ese momento en que un joven norirlandés se encuentra en la encrucijada de ser un pequeño delincuente más o adquirir un cierto poder entre los suyos integrándose en el I.R.A. McGartland escogió la opción más peligrosa, la peor, la más odiada, la de ser un topo, la de jugarse su vida y la de su familia además de ganarse el odio eterno de los suyos, pero éligió conscientemente, como la joven que decide trabajar en un supermercado, o como el pelirrojo pecoso que decide seguir pisando las calles por su cuenta o como aquel que decidió liberar su patria a base de bombas y muertos. Todos pudieron elegir.